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martes, 9 de diciembre de 2014

Universidad de Chile campeón 2014

Aunque al comenzar cada torneo siempre existe la esperanza de que la U sea capaz de obtener el título, el que acaba de finalizar no tenía tal propósito por parte de la nueva directiva, pues la urgencia era encauzar un orden alterado por la horrenda mano de Yuraszeck. Y es que después de la corona alcanzada en el primer semestre del 2012, con aquellas increíbles actuaciones de Johnny Herrera y de Guillermo Marino ante O’Higgins, las idioteces se desataron una tras otra: Sabino Aguad renunció a su cargo como gerente deportivo porque se priorizó la permanencia de Sampaoli, un DT que amenazaba con su partida constantemente y que no supo reforzar el plantel. Para más remate, después de fracasar abandonó el barco. Sus reemplazantes fueron el inexperto Darío Franco y el incompetente Marco Figueroa, cuando el sentido común aconsejaba el arribo de un estratega de nivel sudamericano, como el trasandino Edgardo Bauza, multicampeón con la LDU de Quito y actual monarca continental con San Lorenzo. Como si la farra no fuera suficiente, el plantel continuó llenándose de lastres porque Yuraszeck era quien decidía el nombre de los refuerzos y prefirió ganarle el quién vive a las ratas blancas en lugar de contratar con inteligencia. El resultado de todo este desbarajuste fue una sequía de campeonatos locales y dos tristes eliminaciones a nivel internacional. Sólo la Copa Chile ganada a la UC aportó algo de alegría. Como epílogo, las salidas de Charles Aránguiz y de Guillermo Marino afianzaron la decadencia.
La presidencia de Heller debía desenmarañar tales embrollos y desde el inicio se advirtieron claras señales de idoneidad: vuelve Sabino Aguad, ingresa Alberto Quintano, llega el cuerpo técnico comandado por Martín Lasarte y con ello los refuerzos de verdad: Mathías Corujo, Guzmán Pereira, Gonzalo Espinoza y Gustavo Canales. De esta manera, ocurrió lo impensado: los azules rápidamente tomaron el liderazgo del torneo y no lo perdieron jamás.
Hubo tres momentos complejos en la historia de este campeonato número 17: el empate ante Iquique, propiciado por un forzado penal que cobró el cerdo Gamboa; la derrota ante el eterno cafiche, causada por las malas decisiones de Lasarte, el descaro del mequetrefe Osorio y las lesiones de algunos referentes; y, finalmente, la desabrida igualdad ante Barnechea, cuyo DT se convirtió en el puto de turno y fue ensalzado en todos los medios de información como si se tratara del nuevo mesías, a pesar de que su sabiduría sólo consistió en instalar dos líneas de cinco. Las dos derrotas posteriores de su dream team restituyeron su anonimato.  
Es cierto, la U era un equipo en rodaje, lo confirmaban la fortuita victoria ante la Universidad de Concepción y los constantes desaciertos defensivos que Johnny Herrera debía salvar partido a partido. Así las cosas, las dos últimas fechas se veían complejas, más aún si la prensa gozaba con la escalada de los indios al primer lugar y le endosaba a Basay una paternidad inexistente sobre los azules. La U hizo un gran partido en Chillán, incluso pudo abrir la cuenta antes del minuto; sin embargo, después del gol de Gustavo Canales, Ñublense estuvo a punto de igualar tras una falla rudimentaria que se repetía por enésima vez: tras el clásico uno-dos, los zagueros perdieron la marca y se fueron tras el balón. El gol de Patricio Rubio evitó un susto mayor y se pudo amarrar un triunfo importantísimo, coronado por el discreto Ramón Fernández. Ahora quedaba la última fecha y no había margen de error.
Para ser sinceros, de no mediar un arbitraje descarado, se sabía que el triunfo de cocoloco en Valparaíso era prácticamente imposible: Wanderers venía en alza hacía rato, Emiliano Astorga no regala nada porque es un técnico conservador y los caturros querían vengarse de una de las maniobras más sucias de la historia del fútbol chileno: en el torneo anterior, la ANFP debió suspender el pleito entre ambos equipos en Santiago porque los cerros porteños estaban ardiendo, pero no tuvo ni la decencia ni los cojones para hacerlo, pues no se le podía aguar la fiesta al eterno cafiche. De hecho, si algo de integridad tuvieran, los mismos dirigentes y jugadores de este club de mierda hubiesen exigido el aplazamiento. Pues bien, este sábado pagaron su insolidaridad y tendrán que armar sus pesebres de fin de año con cabezas de chancho, mocos de milico, ratones muertos y árbitros en pelota colgando de las huevas.
Por su parte, la U debía vencer a un equipo aplicado que, seguramente, sería premiado con un maletín “arvo” lleno de golosinas si se llevaba puntos desde el Nacional. De hecho, Unión La Calera abusó de las infracciones en el mediocampo, jugó de manera desleal, hizo tiempo hasta el minuto 88 y reclamó absolutamente todo: extraña disposición para un equipo que ya no tenía metas deportivas. Pese a que los azules se farreaban ocasiones una y otra vez, existía una especie de premonición colectiva: el gol iba a llegar. Antes del penal bien cobrado, pese al llanterío de la radio Cooperativa, hubo una agresión en contra de Rubio que también debió sentenciarse como pena máxima y además con expulsión. Esto se lo aclaramos a todos los papanatas chuchas de su madre que se atreven a hablar de robo. Gustavo Canales venció al ganapán Giovini y al minuto siguiente los indios fallecían en Valparaíso. Final perfecto y aleccionador, como pocas veces se da: ganó el equipo que lideró la tabla durante todo el semestre, los porteños vengaron la afrenta sufrida durante el trágico incendio y el eterno ladrón está escondido en su cueva cocinando pasteles de caca para festejar el Año Nuevo.
Este puede ser el comienzo de un proceso muy importante para el club, principalmente porque veremos a un cuerpo técnico liberado del triste apelativo de segundón que adquirió tras las campañas con la UC, mote que la capciosa prensa criolla acrecentó a medida que la U enredaba puntos. Pues bien, Lasarte es campeón y podrá trabajar tranquilo. Sólo pueden llegar tres refuerzos y aquello es positivo, pues con la Copa Libertadores muy cerca quienes arriben deben ser jugadores calados. Esto obligará, a su vez, a liberar los cupos de extranjeros que sólo Lorenzetti y los seleccionados uruguayos supieron justificar. Tácticamente, lo más razonable parece ser la adquisición de un 10 y de dos delanteros de peso. También podría considerarse la llegada de un lateral derecho que soltaría a Corujo y la de un arquero suplente que ofreciera más seguridad.
Un abrazo a todos los azules esparcidos por el mundo y a disfrutar con este título estresante y muy merecido, a pesar de lo que algunos periodistas bastardos y otros mediocres como Cellerino y las ratas blancas puedan decir. ¡La U es campeón, chuchas de su madre!