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jueves, 31 de julio de 2014

Santiago Morning 1 – Universidad de Chile 5

Este partido era uno de los últimos lastres que quedaban del proceso anterior: eliminación de la Copa Chile en un grupo en el que además estaban las potencias continentales de Audax y Magallanes.
Ahora que toda aquella basura ha quedado atrás, comienzan a desprenderse las causas ocultas de la debacle. La más notoria de ellas fue el deplorable estado físico del plantel: desde Franco a Romero sólo se retrocedió al respecto. Una vergüenza.
Si bien el partido con Santiago Morning era absurdo, servía al menos para ratificar la pericia del nuevo cuerpo técnico, para ver si -al igual que Jesús- era capaz de resucitar algún muerto y para presenciar el debut de algún muchacho de las divisiones menores. Desglosemos:

  1. La destreza de Lasarte: efectivamente, el DT uruguayo ha sido capaz de encauzar el rumbo de un equipo que parecía condenado a la putrefacción. Se recuperó la pierna fuerte en el mediocampo y se nota un espíritu de lucha constante durante los 90 minutos. También se rescató el concepto de equipo corto y el pressing sobre la salida del rival. Por otra parte, la cancha se abre hacia los dos costados por igual, lo que le resta obviedad al volumen ofensivo. Como Lasarte no es amigo de los lujitos inútiles, ha relucido el pragmatismo para desprenderse del balón con propósitos verticales. La oncena es rápida y agresiva. Bien el charrúa.
  2. Lázaro siempre vuelve: cuando parecían muertos y enterrados, ayer jugaron varios zombies… Ramón Fernández se ve más delgado y dinámico, aunque insiste con la imbecilidad de ganarse tarjetas amarillas por reclamar faltas que ya están cobradas. Conclusión: es un burro idiota y, por lo mismo, no se puede confiar en él. César Cortés sigue siendo el mismo mariposón de siempre: cobarde y débil hasta la desesperación. La irrupción del interesante Matías Pinto lo ha relegado para siempre: uno menos. Enzo Gutiérrez es lento y define mal. Si bien demuestra sacrificio, es difícil saber de qué cresta juega: no es un 9, no es un 10 y menos un 11. Es un [8α/9♫ + β/♠]. Al menos lanzó un buen centro en el tercer gol a O’Higgins. Con el señor Magalhaes es siempre lo mismo: sólo corre y corre y corre… Como lanza sería un crack. Finalmente, lo de Luis Marín es muy preocupante: anoche hizo el loco en el gol de Gonzalo Reyes. ¿Qué pasa si se lesiona Johnny Herrera o lo expulsan? ¿Va a jugar este maniquí indeciso? Este ha sido el único detalle en el que la dirigencia no reparó. Y es que Marín es como los arqueros chilenos de antaño: falla en el momento menos indicado.
  3. El resto: Juan Ignacio Duma fue uno de los beneficiados, pues es más concreto y certero que Ubilla, aunque debe medir sus ínfulas de estrella. Esta es la temporada más importante de su carrera. Muy bien Bryan Cortés y Guzmán Pereira, quienes sostuvieron el mediocampo: el primero es una alternativa a considerar, pues tiene quite y entrega bien el balón; el charrúa, por su parte, es un perro cuando hay que marcar y al mismo tiempo es capaz de habilitar con intención y profundidad. Ambos serán un aporte. Tibio debut de Cristián Cuevas, tal vez cansado tras sus aventuras con la selección chilena, aunque el mismo Lasarte ha aclarado que lo ve más como un volante que como un lateral izquierdo. De los debutantes destacó el ya citado Matías Pinto: valiente, solidario y de buen  finiquito. A Diego Urquieta le falta la pericia que da el puesto cuando pasan los años, pues jugar de central es mucho más exigente y él es muy inocente aún. Nicolás Ramírez se vio poco porque el Chago apenas llegó (lo mismo aconteció con José Rojas, de hecho) y Luis Pinilla estuvo corriendo todo el tiempo desde que reemplazó a Pereira.


El próximo pleito ante Wanderers se ve difícil, porque el DT Astorga es experto en crear circuitos defensivos. Lo importante es aprovechar las ocasiones de gol y, en ese sentido, este partido puede generar nuevas decisiones por parte de Lasarte: si Ubilla continúa perdiendo goles debajo del arco, la irrupción de Duma será inminente. Lo mismo acontecerá con Patricio Rubio.      

lunes, 28 de julio de 2014



La segunda fecha del Apertura, cerró con una importante victoria de la Universidad de Chile en calidad de visitante. Se enfrentaba a un equipo que a pesar de haberse privado de algunos jugadores fundamentales y, ni más ni menos del director técnico que quedó en la historia como el primero en coronarse campeón con O’higgins, conservaba una estructura base a diferencia de la U de Lasarte. Prueba de ello estuvo en los primeros minutos de juego, en los que el dueño de casa intentó protagonizar yendo al ataque, tal como lo había anunciado el nuevo DT celeste Facundo Sava. Y no solo quedó en el intento, pues consiguió apremiar a la zaga estudiantil  aunque nunca pudo desbaratarla. Nueva faceta del equipo del uruguayo: se adapta de buena manera en labores defensivas, transitando con inteligencia y dinámica a la fase ofensiva. La hegemonía rancagüina no duraría demasiado. Una de las incorporaciones más prometedoras del último tiempo, Matías Corujo, fue nuevamente la llave para abrir la senda del triunfo.
                Para no quedarse tan solo en el detalle puntual de los dos partidos oficiales que hasta ahora ha disputado Universidad de Chile, un análisis con mayor proyección sugiere lo siguiente. Primero, la conducción de la nueva dirigencia asoma con esperanza. Para beneficio del club, el personaje nefasto salió de la escena. Mayor detención en Martín Lasarte. Ya en su paso por el club del cotillón, Lasarte demostró ser un tipo inteligente, decente y capaz. El que no haya concretado un título, se atribuye más a la esencia del equipo que dirigió. Cuando tu capitán llora a moco tendido mientras aún se disputa en cancha la final de un torneo (O’higgins vs UC, año 2013), la señal es categórica como patética. En la U, el uruguayo ha confirmado la faceta que le conocimos. Es un buen profesional, trabajador, inteligente y dueño de una fuerte autoridad otorgada precisamente por aquellas características. Tan solo dos partidos oficiales no nos deben llevar a extrapolar resultados gloriosos, sin embargo, es perfectamente posible augurar un futuro muy bien aspectado, enterrando la miserable etapa del granuja de Yuraszeck.
Señales como ser capaz de constituir rápidamente un equipo competitivo, bajar de las nubes a jugadores flojos y engreídos, exigir que se juegue de local en el estadio Nacional y declarar siempre bien, refrendan las loas para el estratega “oriental”.
                Una visión algo pesimista entre tanta miel sobre hojuelas: Lasarte deberá luchar, ya sea por obligación o por decisión propia, contra jugadores que a pesar de mostrar destellos esperanzadores de fútbol, en estricto rigor no dan ni darán el ancho en la U. Este semestre será decisivo para varios, consolidándose recién para el año siguiente el equipo ideal del uruguayo. La principal falencia de esta U versión “Lasarte-Aguad-Heller”, está en sus delanteros. Aunque no son pocos, tan solo uno de ellos posee nivel de jerarquía acorde a las exigencias de un club grande como la U. Otro, tiene la gran posibilidad de florecer como pieza contundente y debe aprovechar las escasas oportunidades que se le presentarán. Me refiero en primer lugar a Gustavo Canales y en segundo, a Juan Ignacio Duma.  
                El siguiente compromiso nos enfrentará al mejor DT nacional, quien ya no requiere pruebas para demostrar sus capacidades. El inicio de S. Wanderers ha sido positivo pero la obligación azul es imponerse con propiedad, más aun como local y de regreso en el Nacional.
 

sábado, 26 de julio de 2014

Tres movimientos: gloria, ordinariez y cordura.

Lo que más temían los hinchas de la Universidad de Chile finalmente aconteció: el rufián Yuraszeck no supo administrar el éxito de las temporadas 2011-2012 y convirtió una oncena extraordinaria en un equipo comparsa plagado de pusilánimes. Curiosamente, esta decadente metamorfosis se gestó durante aquel breve apogeo y comenzó con la renuncia de Sabino Aguad: el gerente deportivo que frenaba las desmedidas ambiciones de Sampaoli. Desde ese momento, el reforzamiento del plantel corrió por parte del DT trasandino y de los propios dirigentes, quienes a la larga asumieron este cometido de manera exclusiva.
Jorge Sampaoli será reconocido toda la vida por la hinchada de la U, pero hay que dejar muy claro que él también fue responsable de aquella confusa etapa:
1. Jamás dosificó el natural desgaste del plantel y es un peligroso partidario de las infiltraciones[1], método que estuvo a punto de ultimar a Osvaldo González y con el que, además, tentó a Charles Aránguiz para que jugara el último partido amistoso contra Brasil antes del Mundial.
2. No supo reforzar el equipo, porfió la llegada de dos lastres costosos (Morante y Civelli), entre otros, y desechó a un jugador que rindió desde el principio y que marcaba diferencias ante cualquier rival: Raúl Ruidíaz.
En cuanto a su trabajo propiamente tal, podemos criticar dos aspectos:
1. El pésimo planteamiento realizado en la Bombonera, pleito para el cual bastaba replicar la táctica empleada contra Liga Deportiva en Quito y en la que el trabajo de Albert Acevedo fue fundamental.
2. La testarudez practicada en su último período en la U: planteamientos ridículos ante rivales que lo superaban en calidad individual y en estado físico. La asquerosa derrota ante Sao Paulo fue su peor momento como DT.
En fin, pese a todo, la era del casildense tuvo dos logros inéditos: la obtención de una Copa Internacional de manera invicta -y con el mejor rendimiento que alguna vez ha tenido algún campeón continental (10 partidos ganados y 2 empatados)- y la consecución de un tricampeonato nacional.
Se han escuchado críticas respecto de la venta de jugadores, pero en este caso ni entrenadores ni dirigentes pueden competir con las toneladas de dinero que ofrecen desde el exterior. Además, para ser francos, exigirles sacrificio económico y fidelidad ciega a muchachos que en algún momento de su niñez mascaron lauchas sería injusto. El tema es reforzar con calidad, dilema sin solución para la tropa de ineptos que estuvieron a cargo de la Universidad de Chile en aquel triste período.
La fuga de Sampaoli implicaba el arribo de un DT experimentado, más aún si se venía por delante la Copa Libertadores de América. Pues bien, contrario a esto se trae a Darío Franco: un técnico inexperto que venía de dirigir dos temporadas en la Primera B de Argentina (San Martín de San Juan e Instituto de Córdoba). Su campaña fue inestable y el equipo deambuló entre la excelencia y la penuria: por una parte, se le ganó a las ratas blancas, se obtuvo la Copa Chile ante la UC y se hizo un partido de antología en Rosario, con una formidable actuación de Guillermo Marino; por otra, se perdieron pleitos del campeonato nacional de manera patética y se cumplió una pésima actuación ante Olimpia y el mismo Newell’s en Santiago, derrotas que eliminaron a los azules en la primera fase de la Copa: fracaso inaceptable. Para más remate, Franco perdió el control del plantel y se desataron las escaramuzas y la indisciplina. El DT fue despedido de manera ordinaria y llegó en su reemplazo el payaso que faltaba: Marco Figueroa, con quien la U tocó fondo. Tema aparte fue el proceso de contrataciones, un caos que aún no se entiende, pues llegaron jugadores de tercer orden a reemplazar a campeones sudamericanos. Como era lógico, la oligofrenia de Figueroa se convirtió en su enésima indemnización y se nombró al novato Cristian Romero como DT interino con otra Copa Libertadores a la vuelta de la esquina. Todo absolutamente mal, mal, mal. Los azules vuelven a caer en primera fase, pese a anotarse otro record a su favor: tras el triunfo ante Guaraní en Paraguay, la U es el único equipo chileno que ha ganado en todos los países sudamericanos. Romero corona una de las peores campañas locales de los últimos tiempos y, cuando parecía todo perdido, el jeta Yuraszeck abandona la presidencia de Azul Azul y con ello desaparece el sarcoma…
¿Qué podemos esperar de este nuevo proceso? Principalmente decencia: la jefatura de Carlos Heller, el retorno de Sabino Aguad y la incorporación de Alberto Quintano son garantía de ello. Creemos que el arribo de Martín Lasarte también es sinónimo de respetabilidad y, al menos, las contrataciones tuvieron sentido, como también la decisión de reducir el plantel. Es cierto que el partido ante Cobresal fue un parámetro discreto, pero al menos el equipo se vio afiatado, con pierna fuerte y con una disposición ofensiva cuerda: por fin se acabó la línea de tres en el fondo, señal de que la ofuscación por el estilo del 2011 ha llegado sanamente a su fin.



[1] La infiltración es un método terapéutico que puede acortar los tiempos de recuperación y en el que se emplean anestésicos locales como la lidocaína y un corticoide tipo dexametasona, betametasona o triamcinolona. Su uso debe ser prudente: no debe emplearse horas antes de un partido porque anestesia las estructuras anatómicas lesionadas y bloquea la sensación de dolor, lo que puede causar rompimiento ligamental, tendinoso o muscular. Sólo debe realizarse si hay un tiempo sensato de restablecimiento: luego de infiltrarse, el jugador debe tener 4 días de descanso. Además, un deportista sólo puede someterse a dos infiltraciones al año; de lo contrario, el corticoide se cristaliza y el tendón se endurece, perdiendo elasticidad y elongación, e incluso provocando su posterior rotura.