
Cuando verifiqué la formación azul antes del partido se me vino a la mente el título de una de las obras más conocidas de Gabriel García Márquez. Aparecía Paulo Magalhaes como un fiel equivalente al personaje de esta novela, Santiago Nasar. Ya he tratado el tema en columnas anteriores y quiero reforzarlo ahora. Sampaoli tiene el crédito de los resultados y de aquella esplendorosa estrella número catorce. No obstante y con el respeto que amerite, no dudaremos en criticarlo cuando nuestro convencimiento lo exija. Yendo al partido, la U repitió la acostumbrada dosis de vértigo y mantuvo de cabezas a la defensa del campanil durante casi todo el pleito. El punto negro lo constituyó la ventaja que dio Sampaoli al desarmar la dupla de centrales que tanta solidez ha otorgado a la zaga. No amerita repetir lo que tanto hemos enfatizado. ¿Valió la pena este experimento para entregar protagonismo de titular a un jugador como Magalhaes? El inicio del segundo tiempo dio la respuesta: sí. La “crónica de una muerte anunciada” se produjo y el discreto jugador se quedó en el camarín, retornando las cosas a la normalidad con el ingreso de Marcos González.
Por más que un jugador no “sea del gusto” del DT, pretender imprimir protagonismo de titular al ex Cobreloa en desmedro de un jugador que ha brindado momentos muy importantes a la U como Matías Rodríguez, y que en opinión de la gran mayoría azul es un excelente componente del equipo, me parece contumacia pura. Magalhaes fue un fiasco mientras jugó y Marcos González un patrón del fondo en el segundo tiempo. Este último es enorme en el juego aéreo (gana todo por arriba), marca bien abajo, es contundente en lo físico y más aun sale jugando bien. Espero que lo acontecido esta tarde resuelva los embrollos mentales de nuestro DT y por fin aplique la cordura. No veo para qué podría querer endosarse problemas en forma voluntaria. A mi entender, la incorporación del aludido jugador obedece a la misma indigna lógica de negocios que aplicó en la llegada de Garcés.
Punto a parte merece celebrar lo conseguido por un ídolo genuino como Diego Rivarola. El ambiente y su vasto deseo de convertir el gol número cien defendiendo al Romántico Viajero lo llevaron a usar su inteligencia en una jugada donde de manera genial consigue un penal que no me cabe duda buscó con ahínco. Por supuesto, para todos los celosos que envidian la mística de la U, lo único que cabía destacar en la jugada era la polémica del penal sancionado o que sencillamente no existió. La astucia de Rivarola fue utilizar en beneficio propio la estupidez de su marcador (flamante seleccionado de Borghi), que abrió su brazo en forma imprudente. La ejecución de la “pena máxima” fue certera y permitió como tantas otras veces reflejar la calidad de un inmortal para el firmamento azul.